domingo, 4 de enero de 2009

Marcos: el ocaso

Domingo, 4 Enero, 2009

Marcos: el ocaso

Yambo, un hombre de 60 años, despierta una mañana en la cama de un hospital y no es capaz de reconocer a su mujer ni a sus hijos e ignora cuál es su profesión. Ha perdido la memoria personal. Este personaje, que figura en la novela La misteriosa llama de la reina Loana, de Umberto Eco, tampoco reconocería al subcomandante Marcos, así lograra una recuperación plena, de escuchar al jefe rebelde en su reaparición pública con motivo del Festival Mundial de la Digna Rabia que se realiza en Chiapas.
Qué lejos se perciben ya los múltiples elogios a la prosa de Marcos, la epistolar, la de la etapa previa a su personaje Durito. Qué lejos aquellos textos celebrados por Octavio Paz, Gabriel García Márquez y José Saramago, todos ellos ganadores del Premio Nobel de Literatura, que hallaban en los célebres comunicados zapatistas una posición política trazada con un discurso intelectual, chispazos de poesía con alegatos novedosos, ajenos en toda su dimensión a la tradicional perorata priista.
El discurso de Marcos pasó así, quizá a partir de lo que llamó la otra campaña, al ambito del más puro pragmatismo político. Fue así como, al estilo Carlos Ahumada, puso su granito de arena para denostar a Andrés Manuel López Obrador en 2006. Ahora regresa de su guarida con la coincidencia de que festeja los 15 años del levantamiento zapatista cuando se acerca la elección federal intermedia de 2009 y, ocurrente, se divierte al decir que ese ejercicio es el trámite más inútil, respondiendo comedido a una convocatoria presidencial al respecto.
Aprovecha el reflector para enviar primero un mensaje en el que, de nuevo con talante de político tradicional, lanza ácidas críticas a la prensa pero, principalmente, a un “periódico progresista” al que le debe más de lo que cree. En un discurso tan confuso como el de Beatriz Paredes, tan rabioso como el de AMLO y tan pendenciero como el de Manuel Espino, reparte condenas a Calderón, a quien además calumnia con suposiciones sobre su vida personal ajenas a un análisis político, y a Marcelo Ebrard, sobre quien hace pesar comparaciones ¡con Alberto Fujimori! Cero argumentos, puros disparates.
Esos aires intelectuales que, quizá deslumbrados por la inmediatez de los acontecimientos y la justeza de las demandas indígenas (además de la variante internet, decisiva en la penetración rebelde), vieron destacados miembros de las elites académica y cultural no sólo mexicana en Marcos, terminaron en discurso político básico, a tiempos silvestre, es decir, retorcido y con ánimo rijoso: más cerca de Manlio Fabio Beltrones y Jesús Ortega que de un liberal maestro de la Universidad Autónoma Metropolitana que invocaba las tesis del viejo zapatismo para movilizar a las masas.
José Ortega y Gasset escribió que la misión del llamado “intelectual” es, en cierto, modo, opuesta a la del político. “La obra intelectual aspira, con frecuencia en vano, a aclarar un poco las cosas, mientras que la del político suele, por el contrario, consistir en confundirlas más de lo que estaban. Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”, plantea el filósofo, y agrega que una corriente dice, aun a costa de la claridad mental, que todo el mundo tiene que hacer política sensu estricto. “Lo dicen, claro, los que no tiene otra cosa que hacer”, agrega.
Si, atendiendo al escritor español, la sociedad se define por la unidad dinámica de dos factores, minorías y masas, Marcos hace rato que ya se alejó de las segundas para confirmarse como integrante de las primeras, sólo que no en la senda que parecía abrirse en su camino tras la irrupción y subsecuentes sucesos de los años 90. No. Ya pertenece a una minoría, pero a la de los discursos enredados de capos priistas, de talante peleonero pejista, vacíos de contenido y taimados del panismo o simplemente alineados de la “izquierda moderna” personificada en la etnia chucha.
Quizá por eso el cineasta Oliver Stone, tan proclive a las historias panfletarias, salió decepcionado de la selva chiapaneca. El célebre realizador estadunidense, como Yambo, el personaje de Umberto Eco, no reconoció al otrora máximo símbolo de la guerrilla del siglo XXI. A la involución le sigue el ocaso.acvilleda@yahoo.com

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