México está de luto
December 25, 2009
El 1 de diciembre de 2006 el Presidente de la República Felipe Calderón Hinojosa instruyó la total participación de las Fuerzas Armadas en la lucha contra el crimen organizado. El General Guillermo Galván Galván y el Almirante Francisco Saynez Mendoza, Secretarios de la Defensa Nacional y de la Marina-Armada de México respectivamente, acataron las órdenes del Comandante Supremo y abocaron sus esfuerzos a la preservación de la soberanía nacional pero en una nueva y desconocida fase: desde las calles.
También ese día el presidente Calderón dijo que su encargo como jefe supremo de las Fuerzas Armadas sería ocuparse de sus soldados y sus marinos, de “velar por la tropa”.
Desde entonces, los soldados de México han cumplido a pie juntillas las instrucciones y entregado su vida por el bien de la sociedad. Los costos han sido altos e inconmensurables no sólo por los ataques de los que ha sido objeto la institución pública más apreciada por los mexicanos, sino principalmente por la pérdida de vidas.
Sin embargo, esta guerra contra el crimen organizado entró en una etapa más violenta e incontrolable cuando la madrugada del pasado martes una familia humilde de Tabasco, que horas antes había dado cristiana sepultura a Melquisedec Angulo Córdova, tercer maestre de la Marina y que perdió la vida el miércoles 16 de diciembre durante un operativo, fue acribillada y asesinada sin mediar palabra.
Con esas balas que interrumpieron la paz que reinaba en Paraíso, Tabasco, también se hirió lo más sagrado que toda persona posee como lo es la familia. Atentar contra quien acababa de entregar la vida de su hijo a favor de la Patria es imperdonable.
Este hecho que ha conmocionado al país y que ha dejado en la orfandad a miles de mujeres y hombres de nuestras Fuerzas Armadas ante las balas del crimen organizado, no fue suficiente para que el señor presidente Felipe Calderón interrumpiera sus vacaciones y tomara las decisiones que la tragedia amerita. No fue suficiente para ordenar la búsqueda frenética de quien o quienes filtraron la información necesaria para hallar a la Señora Irma Córdova Pérez, quien horas antes de morir una y otra vez repetía que su hijo era feliz con su trabajo en la Marina. No fue suficiente para que el señor presidente Felipe Calderón respondiera con la misma entrega con la que miles de soldados mexicanos lo hacen cada día en cada enfrentamiento; no fue suficiente para que se enviara un mensaje de solidaridad a las miles de familias de soldados que en estos momentos se encuentran en la indefensión ante cualquier ataque del crimen organizado; no fue suficiente para urgir a un pacto nacional en bien de México y de sus habitantes por parte de quien es el único que puede hacerlo como lo es el señor presidente Felipe Calderón.
Nuestras Fuerzas Armadas no merecen esa indiferencia e insensibilidad por parte del señor presidente Felipe Calderón, quien debiera de saber que ser el Comandante Supremo no sólo es ordenar, sino hacerse responsable de las decisiones tomadas.
El pasado martes el señor presidente afirmó que estos hechos “son una muestra de la falta de escrúpulos con que opera el crimen organizado, atentando contra vidas inocentes, y esto no hace sino reforzarnos en el afán de desterrar tan singular cáncer de la vida social”. Sin embargo, en el mensaje del primer mandatario no hubo ni siquiera un dejo de autocrítica al manejo informativo con el que el gobierno federal se condujo en los recientes días, ni siquiera un reconocimiento a la bravuconada con que se actuó al difundir fotografías inhumanas y grotescas. No existió un alto en el camino para reflexionar sobre el dolor que la muerte de una madre, de tres hermanos y de una tía deja no sólo en el resto de la familia, sino en toda la sociedad mexicana.
¿Quién se atreverá a enfrentar al crimen si sabe que además de su vida, la de su familia está en juego? ¿Quién se le pondrá enfrente a la delincuencia a sabiendas de que está solo, que no hay gobierno que lo respalde?
México no volverá a ser el mismo.
Si no somos capaces de actuar con responsabilidad y proteger a quienes arriesgan la vida por nuestro bienestar, entonces no somos capaces de forjarnos un futuro. Si no somos capaces de dar el valor que tiene la perdida de una vida humana y en su lugar lo asumimos como un número más y un costo necesario, entonces no meremos tener uno.
Melquisedec Angulo Córdova entregó su vida por una noble causa, por una razón superior, por el bien común, lo cual no sólo le costó su vida, sino la de su querida Madre, Hermanos y Tía.
No es posible que un mexicano ejemplar, un mexicano de bien, pague tan alto precio por defender a su patria.
No encuentro las suficientes palabras para expresar el pesar y la profunda tristeza que sentimos por esta tragedia.
México está de luto.
domingo, 27 de diciembre de 2009
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